Agujas invisibles de hielo punzan las articulaciones de mis manos mientras intento recordar lo irrecordable

Sábado, 23 junio 2018 | 10:06h.

Semana del F5: Exámenes universitarios, el «sinvida» de un chileno

José Vicente Astorga

Algunos pasajeros noctámbulos deambulan por la terminal de autobuses, al igual que yo, con gorros que nos cubren hasta las orejas o con las capuchas de sus chaquetas echadas sobre la cabeza. Otros, con vasos de café que dejan estelas vaporosas tras de sí, sentados o de pie, conversan en un parloteo incomprensible, mientras un televisor pegado en la pared exhibe un programa nocturno de entrevistas. Afuera, entre los autobuses, unos cuantos más fuman entre el ruido de los coches y el humo intoxicante de sus escapes.

Tras embarcar, me acomodo en el asiento e intento dormir. Paso a negro absoluto.

Un resplandor cegador me despierta casi de sobresalto. Todas las luces internas del pasillo del autocar fueron encendidas a la vez, con la falta de respeto del servicio y un por favor en la punta de mi lengua. Trato de espabilarme pasando varias veces las palmas de mis manos sobre mi cara. Estiro y encojo mi cuerpo como un gato gordo entre lanas de oveja.

El vehículo da las últimas vueltas por la losa de la terminal de Santiago. La noche se ha pasado sin más y llegamos puntuales. Bajo al frío andén. A esa hora, las siete menos cuarto, la claridad aún no se abre paso entre las sombras débilmente acuchillada por los pálidos rayos de luz de las farolas amarillentas, a la vez que los primeros pasajeros se desgranan entre ofrecimientos de arepas y tortillas inmigrantes. La diáspora latinoamericana, principalmente de Venezuela y Haití, no solo ha traído los variopintos colores de piel a Chile, sino también los sabores y el ritmo, la cadencia de las formas y la integración cultural que se resiste a amalgamarse con fluidez.

tapas

El tiempo se ha escapado en un tempus fugit más rápido de lo habitual, ya que ni siquiera alcancé a vivir el momento desde la llegada a la capital a estar frente a las puertas del Estadio Español, lugar donde son los actuales exámenes. Un señor de mediana estatura, con prendas oscuras y una chapela acordé con su acento vasco, me recibe gentil en la puerta y me hace pasar a un recibidor.

Después de saludar a una chica española que estudia no sé qué y que ha llegado antes que yo, la encargada nos da unos tiquets electrónicos que nos permiten ingresar por los torniquetes de la entrada, que se abren a un amplio parque interior, con vetustos árboles vestidos de otoño y jardines hasta donde llega la vista. A esa hora, ya casi las nueve de la mañana, familias, hombres y mujeres, llevan a sus niños tomados de la mano y cargados con mochilas que dan la impresión de acarrear toda la vida sobre las espaldas de los pobres críos, hacia lo que parece ser una guardería, entre vivaces conversaciones, que en muchas de ellas la zeta se escucha como una simple ese, de seguro, mimetizada por el tiempo en el país o porque son nacidos en la tierra del fin del mundo, de tal manera que solo conservan de su madre patria el apellido, la doble nacionalidad y la tradición de las tapas, los pimientos del piquillo, los boquerones o los callitos a la madrileña.

Una amplia sala, en el segundo piso de una construcción al interior del parque, nos recibe con una bocanada de aire frío y una verja metálica que se queja, con un chirrido de filme de terror, al ser abierta por quien nos recibiera. Supuse que, al ser una mañana gélida –tan solo nueve grados Celsius que se perciben como menos dos– las bisagras intentaban desperezarse para asumir su ajetreado diario de abre y cierra, pero en el resto de la mañana nadie más aparece, solo fuimos nosotros tres, mi compañera y la anfitriona que nos atisba solapadamente para evitar posibles copias.

frontis

La sala, tan o más gélida que el exterior, aparentemente sirve para reuniones: una veintena de sillas de madera, unos aparadores atiborrados de libros, unas cuantas banderas españolas y fotos, muchas fotos de personas que nos miran con sus también gélidas miradas desde la pared del fondo, en oposición a la gran mesa para doce personas que sirve para que podamos escribir. Sobre esta, tres fotos: una es del presidente de la Comunidad Autónoma de La Rioja, José Ignacio Ceniceros.

Una vez recibidos los folios del primer examen, y al intentar escribir sobre ellos, agujas invisibles de hielo punzan las articulaciones de mis manos mientras intento recordar lo irrecordable entre esa letanía de resúmenes de las clases del cuatrimestre que se alejaban casi por completo de lo que piden los enunciados frente a mí.

Incorpóreos, pero tangibles en mi mente, los fantasmas de los estudios pasados, presentes y futuros, venidos de esas horas de un estudiante sin vida que nos convierten en un sinvida, así, sustantivado, entre trabajo, quehaceres y estudio, me recuerdan que debí dar más tiempo y atención al nombre específico de un controlador de vídeo que el profesor había reiterado que no aprendiéramos, porque a él no le interesaban esos detalles, pero que ahora está ahí, escrito, en letras que al verlas palpitan y se convierten en negrita, mayúsculas todas, danzantes en el papel, el Fantoche de Émile Cohl en su Fantasmagorie de 1908, que en nuestro caótico momentum nos provocan la sensación de quedarnos con la mente en blanco frente a la hoja en blanco y en la cual intentas escribir con un bolígrafo también entumecido y que debes cargar más de la cuenta para que deje su marca de pasta azul sobre el sinfín blanco…, mientras, ahí, de pie en el aire, mi fantasma del pasado flota y se enfrenta al del futuro en una discusión cuyo tema central es el venidero suspenso y no hay ideas y no hay palabras que fluyan hacia el papel y no hay formas espectrales de deidades omnipresentes que vengan en mi ayuda para desvanecer ese suspenso que se hace cada vez más y más corpóreo… En tanto, el fantasma del presente, en su traslúcida humanidad etérea, impertérrito, solo escucha y mira, al tiempo que los otros dos parafrasean los inmortales diálogos de la blanquinegra Casablanca que suenan a un atronador epitafio anunciado: «siempre nos quedará… septiembre». Y habrá que comenzar de nuevo con la letanía de apuntes y resúmenes atiborrados de papeles adhesivos de colores, tarjados con marcadores luminiscentes y rayas y más rayas con la secreta esperanza y la vergüenza del suspenso dentro de la mochila de tu conciencia.