Sábado, 07 mayo 2016 | 20:43h.

Autores: José Vicente Astorga

Tal como escribió Mary Webb en Ponzoña mortal, habría que comenzar a escribir la autobiografía desde los primeros suspiros dados en nuestra cuna de juncos… Tal vez lo haría así, si hubiera tenido una cuna de juncos; pero, a lo sumo, tuve una de madera de álamo o sauce; o, tal vez, un canasto de mimbre, de los que se usan para poner la ropa sucia. Aunque mis hermanos mayores dicen que no tuve nada de eso y que me encerraban en un corral para que gateara a mis anchas y no intentara –en vano– coger a las gallinas que deambulaban por el patio terroso bajo el enclenque parrón.

Era 1966, año del caballo, en un pueblo campesino llamado Paine –al sur de Santiago de Chile–, que en lengua mapuche quiere decir azulado. Por aquel entonces era un caserío parcelado con una estación de ferrocarriles, una casona del 1900 que hacía de ayuntamiento y con la asombrosa cantidad de 21 924 habitantes, según el censo de 1970. Uno de esos era yo.

yomismo con analog efex 2Niño de campo –eso sí lo recuerdo–, de corretear libre por los veinte mil metros de pasto húmedo que tenía el terreno de mi padre y pisar los cristales de escarcha que se quebraban estrepitosamente, como galletas recién horneadas, bajo mis pies entumecidos. Niño de mirar a los ‘murciégalos’, que cazaban mariposas nocturnas en una danza simbólica de vida y muerte: vida si aquellas lograban escabullirse. Eran las menos.

Sin darme cuenta siquiera, el pequeño mamífero alado evolucionó en murciélagos y con ella mi lengua pueblerina se convirtió en citadina. Esa riqueza de la comunicación básica, tosca, sutil y de bizarra esencia, se ha perdido convertida en La gramática descomplicada de Álex Grijelmo o en los galimatías de la Erudita, que se oponen al deseo innato de volver a los orígenes del aroma a campo y tierra húmeda, a azahares, a savia de sauces melenudos que guardaban secretos misteriosos en sus rugosos y retorcidos troncos, y también arañas peludas y mantis religiosas en estáticas y eternas poses zen.

¿Dónde estoy ahora? Han pasado 51 años. El frío otoñal y unas retorcidas plantas de tomates plantadas a destiempo –que buscan ingenuas la luz de la lejana primavera–, me recuerdan que una cincuentena de años ha pasado desde esos veranos e inviernos del pasado, ahora en pálidas siluetas que parecen envejecidas polaroids.

Mis pies están helados, como los de Bob Cratchit en Una canción de Navidad, de Dickens, mientras intento describir quién soy o qué soy, sin caer en la retórica autorreferente del yo soy yo del musical cervantino.

Solo sé que, al igual que Ponzoña mortal, busco un lugar en la Historia o en la memoria del que caiga por error en esta telaraña de ideas y palabras y lea, por descuido, hasta este punto final.

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