Viernes, 01 septiembre 2017 | 19:04h.

INSULTOS AL PÚBLICO POR PETER HANDKE

INSULTOS AL PÚBLICO POR PETER HANDKE

Escuchar las letanías en las iglesias católicas. Escuchar los exhortos e invectivas del público durante un partido de fútbol.

Hacer girar libremente la rueda de una bicicleta, seguir el ruido de los radios desde su punto de unión, y observar cómo se ralentiza su movimiento desde el cubo de la rueda. Escuchar el arranque y la parada de una hormigonera. Escuchar las intervenciones del público a lo largo de un coloquio. Escuchar el trasiego de trenes en una estación. Escuchar el hit-parade de Radio Luxemburgo. Escuchar a los traductores simultáneos de las Naciones Unidas. Escuchar el diálogo del jefe de la banda (Lee J. Cobb) con la chica, en la película «La caída de Tulla», cuando ésta le pregunta al jefe cuántos hombres pretende eliminar, a lo que el jefe de la banda responde, reclinándose en su silla:  «¿cuántos me quedan aún?». Observar al jefe de la banda en este momento. Ver las películas de los Beatles. Observar, en la primera de ellas, la cara sonriente de Ringo Starr cuando, poco después de ser burlado por sus compañeros, se sienta en la batería y comienza a tocar el tambor.

Ver la mirada de Gary Cooper en la película «El hombre del Oeste».
Ver, en la misma película, la muerte del mudo, quien, con una bala en el cuerpo atraviesa tambaleándose el pueblo desierto y lanza un grito desgarrador.

Observar, en el zoo, los monos que imitan a los hombres y las llamas que escupen como ellos.

Observar el comportamiento de los vagos e inútiles que deambulan por las calles y juegan en las máquinas tragaperras.
Al entrar en la sala, los espectadores encontrarán el ambiente habitual que precede al estreno de un espectáculo. Entre bastidores podría simularse un gran alboroto, o un trasiego estrepitoso que se oyera desde la sala. Podría, por ejemplo, arrastrarse una mesa de un lado a otro del escenario, o tirar sillas desde el lateral izquierdo al derecho. Habría que hacerlo de tal manera que los espectadores de las primeras filas pudiesen oír las instrucciones dadas en voz baja por el regidor y la charla de los maquinistas detrás del telón. A tal efecto podría utilizarse una grabación realizada durante el montaje de una escenografía de otra obra. Los ruidos saldrán así amplificados por los altavoces. Es preciso clasificar los ruidos con el fin de conseguir un cierto orden, de encuadrarlos dentro de unas normas. El ambiente de la sala debe ser asimismo objeto de especiales cuidados: los acomodadores realizarán un esfuerzo especial y pondrán una extremada cortesía en el cumplimiento de sus funciones. Reducirán en la medida de lo posible sus habituales cuchicheos y, en general, perfeccionarán su estilo. Este refinamiento debe extenderse a todo. Los programas de mano estarán confeccionados con una elegancia especial. No hay que olvidar las campanillas que anuncian el comienzo del espectáculo. Se oirán intermitentemente, a intervalos cada vez más breves. La luz se irá apagando progresivamente y con la mayor lentitud posible. La actitud de los acomodadores que cierren las puertas llevará el sello de una gravedad especial, aunque esto no debe interpretarse como un gesto simbólico. No estará permitida la entrada una vez comenzada la representación. Tampoco tendrán acceso a la sala aquellos espectadores cuyo aspecto no sea el adecuado. Esta noción de aspecto debe interpretarse en el más amplio sentido de la palabra. Nadie deberá llamar la atención, ni resultar chocante su forma de vestir. Los hombres irán rigurosamente de oscuro, con camisa blanca, y corbata poco llamativa. Las señoras evitarán en la medida de lo posible los colores chillones. No se despacharán localidades de pie. Una vez cerradas las puertas y apagada la luz, el silencio se restablecerá detrás del telón. Un mismo silencio reinará sobre sala y escenario. Las miradas de los espectadores convergerán por un momento en el telón, que se mueve casi imperceptiblemente: un objeto se habrá deslizado rápidamente a lo largo del terciopelo. El telón se inmoviliza, y, transcurridos unos instantes, se eleva lentamente. Con el escenario abierto, surgen del fondo los actores y se dirigen hacia la embocadura. No encontrarán obstáculos, la escena está vacía. Su modo de andar no tiene nada de particular. Tampoco su forma de vestir. La luz va subiendo sobre el escenario y la sala a medida que se acercan a los espectadores. La claridad es la misma en una y otra zona. Es una luz que no deslumhra. Es la luz propia del final de un espectáculo. Esta misma luz permanecerá invariable a lo largo de toda la obra, tanto en la sala como en el escenario. Mientras se dirigen al proscenio los actores no miran al público. Sus palabras no van dirigidas al auditorio. En realidad para los actores el público no ha llegado aún. Primero, simplemente mueven los labios. Luego, poco a poco, sus palabras se han hecho perceptibles y, finalmente, se expresan en voz alta. Sus insultos se entrecruzan. Hablan todos a la vez. Se quitan las palabras de la boca. Uno dice lo que el otro está a punto de decir. Hablan todos a la vez. Todos dicen a un tiempo palabras distintas. Repiten las mismas palabras, elevan la voz. Gritan. Intercambian sus frases. Finalmente, se detienen todos en la misma palabra. La repiten a coro. Dicen, por ejemplo (sin alterar el orden): «Caricaturas, marionetas, bóvidos, cabezas de tocino, cascadores, caras de rata, papamoscas.» Es preciso conservar una cierta unidad en el relato. No hay sin embargo que poner intención en las palabras. Los insultos no son dirigidos a nadie en particular. No hay que atribuirle un significado a la forma de hablar. Los actores han llegado al proscenio antes de acabar su letanía de insultos. Se colocan en fila, pero no de forma ordenada. Tampoco están inmóviles, se mueven de acuerdo con las palabras que pronuncian. Miran al público sin mirar a ningún espectador en particular. Por un momento se callan. Se concentran. Después, comienzan a hablar. El orden de intervenciones debe dejarse a su propia elección. Todos ellos van a representar un papel prácticamente idéntico.

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