Jueves, 15 diciembre 2016 | 10:21h.

De dioses y futbolistas

ALFREDO FRANCO DE LA TORREDe dioses y futbolistas

Las guerras míticas entre los dioses existen. Son dioses eternos, pétreos entre el tráfico, los plátanos de sombra y el agua de las fuentes. Están allí, carentes de sentido, casi nadie los mira salvo en fechas determinadas. No se mueven pero avanzan con todo lo demás, como todo lo demás. Cibeles y Neptuno. Dos maneras de vivir una ciudad cualquiera. Madrid.

 

La una es la fertilidad de la tierra, la gran madre que da la vida. Sobre su cabeza, una muralla que representa la obra del hombre, la fortaleza de la muralla, la res pública. Bajo su efigie, un carro la lleva a ninguna parte, arrastrada por dos leones orgullosos y tranquilos, dispuestos a seguir las órdenes de su reina.

Neptuno y Cibeles en sus efigies madrileñas. Jorge París.

El otro surca las aguas de piedra tirado por dos caballos que a duras penas avanzan por el océano. De pie sobre un carro que recuerda a un molino de agua, sujeta el tridente con el que domina los mares. Orgulloso e irascible, provoca tormentas, terremotos y desastres, pero también baña cuidadoso las costas y protege a los suyos.

Hace dos años se encontraron por primera vez en lo más alto de un Olimpo diferente, el del fútbol. Allí también hay dioses pero son mundanos y débiles, vanidosos y esquivos. Llevan su nombre a la espalda y luchan esa guerra vicaria entre las naciones y los hombres que es el deporte espectáculo, el balompié.

 

Era tierra propicia para los dioses del mar, los descubridores que dominaron los océanos hace medio milenio. Hasta el minuto 92 y varios segundos. Entonces hubo un seísmo que no controló Neptuno, un arrebato del hombre, indómito ante los designios divinos. Ahí cambió todo de manera dramática para el dios oceánico, eterno merecedor del título desde el 15 de mayo de 1974. El hombre que cambió el orden tenía nombre de divinidad germánica, un Olimpo de montañas y bosques, de lagos y glaciares. Schwarzenbeck se llamaba. Tras 120 minutos, en el último, con un disparo desde más allá de las nubes. Dos días después, ?los alemanes tomaban vitaminas muy buenas?, en palabras de Pepe Reina Padre. Se llevaron la orejona a su Olimpo por cuatro a cero.

Pepe Reina no puede evitar el zapatazo de Schwarzenbeck

2014. 40 años después. Lisboa. La orejona esperaba a su dueño legítimo. Y otro humano hizo de sobrehumano y se elevó en el 92 maldito. Después, no hubo partido. Física y sicológicamente los de Neptuno cayeron ante la sibilina Cibeles. Con modos suaves, la mujer que domina a los leones fue ordenando hasta cuatro zarpazos en total para llevar la décima hasta sus maternales pechos.

Sergio Ramos empata la final de Lisboa en el minuto 92. Agencias

2016. 42 años después. Dos años después. Milán. Terreno más propicio para el lujo que para la modestia. La historia es sin embargo, como vemos, carente de lógica o de escrúpulos. Los dioses toman sus decisiones en función de sus propias veleidades, y sólo ocasionalmente un humano se rebela. Pero el tiempo de los dioses no es comprensible. Para ellos 42 años son segundos de una batalla eterna, cada victoria y derrota humanas son granos de arena de playa, caóticos en su movimiento, carentes de sentido para ellos.

Esta noche, una de esas pequeñas, insignificantes batallas se librará en un minúsculo trozo de un perdido planeta de un universo inabarcable. A nadie más le importará, salvo a unos cuantos seres humanos y dos dioses, separados eternamente por unos cientos de metros de una ciudad cualquiera. Madrid.